La extrema derecha alemana no ha obtenido mayoría absoluta en Sajonia-Anhalt, el primer terrirotorio alemán en el que podrían volver a gobernar después de la derrota de los fascismos en la II Guerra Mundial. Esto sería un alivio dado el admirable compromiso patriótico que han adquirido todas las fuerzas democráticas en Alemania: hacer lo posible para que no gobiernen quienes niegan la democracia y los derechos humanos, que están en un único lado fácilmente identificable en Alemania, en España, en Estados Unidos y en cualquier lado.
Sin embargo, Alternativa para Alemania (que así se llaman ahora los ultras) puede gobernar en Sajonia-Anhalt. Un puñado de votos puede permitir que entre en el parlamento regional la BSW, una escisión de dirigentes de Die Linke (La Izquierda alemana) que, digamos, «se atrevió a hablar de lo que parece prohibido hablar». En el caso alemán, la BSW se puso en contra del reconocimiento de los derechos humanos a los refugiados y solicitantes de asilo (como punta de lanza de su posición anti inmigración), de la defensa nítida de la vacunación anti covid (expresando esa credulidad anti científica que intenta no parecer idiota asegurando que es «escéptica»), del apoyo a Ucrania tras la invasión de Putin…
La derecha política y mediática (valga la redundancia) siempre ha apoyado esa ruptura de la izquierda aupando a gañanes irrelevantes que rompen con los postulados básicos de la izquierda (emancipación -libertad-, igualdad, racionalidad, diversidad). Se les aúpa a tertulias, se les eleva a la categoría de independientes que se atreven a romper con «los dogmas», rebelarse contra la «dictadura» (la dictadura woke, el consenso progre, cualquiera de las expresiones idiotas con las que llaman a la defensa de la democracia, la ciencia y los derechos humanos), se inviste sus simplezas simulando que es simplemente otra forma de ser de izquierdas.
En cada país se viste a esos «independientes» con unos ropajes: en España la crisis independentista y el secular anticatalanismo español intentó que surgiera una izquierda jacobina (o izquierda «española») que sólo tuvo eco en la derecha más sectaria; nos han contado que la transfobia es feminismo clásico (aupando a escritoras y periodistas hasta colocarlas en la derecha más estridente que clásica); intentarán ahora que aparezca una izquierda preocupada por la inmigración y que asuma toda la propaganda de la extrema derecha al respecto… Pueden ser estos temas u otros; cambio climático, feminismo, federalismo…
Felizmente en España, como en casi todo el mundo, esos intentos sólo han conseguido generar un puñadito de columnistas y tertulianos milenaristas, que cobran durante unos años su recompensa por el intento, pero que no han conseguido que cale en la izquierda que ahí haya ninguna quiebra ideológica, moral o política: su único efecto es ayudar a la derecha a sentir que las barbaridades a las que se han escorado son tan de sentido común que hasta la gente valiente de izquierdas se da cuenta. No es poco, pero no es lo que se buscaba.
Sajonia-Anhalt muestra cuál es la utilidad de esta supuesta izquierda: no es más que una muleta del movimiento ultraderechista contra la democracia y contra las políticas de izquierdas. Porque en eso se basa su valentía y su sentido común: en simular que el fascismo cabe en la izquierda para acabar con la izquierda y consolidar el fascismo. No es una izquierda anti-woke, es un tinglado de mercenarios y resentidos útiles para los enemigos de la democracia y, por tanto, de la izquierda.
Hugo Martínez Abarca es un político madrileño de Más Madrid, diputado en la Asamblea de Madrid desde 2015
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