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Industria y gasto militar en la economía de nuestros días || Juan Torres López


«La guerra es un escándalo. Es el único negocio en el que las ganancias se cuentan en dólares y las pérdidas en vidas. Se lleva a cabo en beneficio de unos pocos, a expensas de muchos»

(General Smedley Butler, 1935).

Hace unos días, un lector de la web me pedía que escribiese algo sobre el papel que los gastos militares desempeñan en la vida económica. Pensaba abordar el tema, pero un artículo reciente de Thomas Palley creo que lo hace con mucho más conocimiento y brillantez, así que me voy a limitar a resumir las principales ideas que desarrolla (el artículo en inglés aquí).

Palley parte de considerar al complejo militar-industrial como un sector empresarial más y cuya actividad se puede considerar como un prototipo imitado ampliamente por otros. Sostiene que conocerlo «es fundamental para comprender el capitalismo estadounidense contemporáneo, la política internacional estadounidense y la deriva hacia la Segunda Guerra Fría.»

Comienza Palley su artículo recordando las palabras del presidente Eisenhower en su último discurso de 1961: «Su influencia total –económica, política e incluso espiritual– se siente en cada ciudad, cada cámara estatal, cada oficina del gobierno federal».

A pesar de que su magnitud e influencia no ha dejado de aumentar desde entonces, dice Palley que ninguno de los muchos libros de texto de macro y microeconomía de nivel intermedio y posgrado de su biblioteca hacen mención a este sector.

La magnitud del sector es impresionante. En Estados Unidos (caso que analiza Palley) el gasto en defensa en 2023 (1 billón de dólares) fue mayor que el gasto federal en todas las demás áreas (800.000 millones). En la figura siguiente se compara el gasto de Estados Unidos en 2022 con el de los otros 10 países que más gastaron en defensa en aquel año.

A continuación, Palley resumen los principales enfoques desde los que la economía convencional suele analizar el gasto en defensa:

a) Como un problema de elección en situación de escasez que responde al conocido dilema que planteó Hitler: fabricar armas o producir mantequilla. Es decir, hay que renunciar a una de esas opciones para disponer de la otra, y la producción de armas dependería de los recursos de un país, de las preferencias, y también del gasto militar de otros países.

Muestra Palley que este planteamiento basado en las decisiones racionales de cada país y en la competencia y no cooperación lleva a una carrera armamentística que tiene un resultado subóptimo, es decir, por debajo del correspondiente a la máxima eficiencia. Mientras que el control del gasto basado en decisiones coordinadas puede mejorar la situación de los países y evitar que todos empeoren.

El efecto es paradójico, el aumento del gasto por un país lleva a que los demás tengan que aumentarlo, pero así disminuye constantemente su poder y seguridad.

b) El enfoque macroeconómico del gasto militar del gobierno lo reconoce como un factor que aumenta la demanda y la producción como cualquier otro. Sin embargo, aunque el militar y el no militar producen el mismo estímulo a la producción, en ausencia de necesidad militar, el gasto civil aumenta el bienestar público, mientras que el gasto militar no lo hace y, por el contrario, aumenta la probabilidad de conflictos.

c) Desde otro punto de vista, la economía convencional considera al gasto militar como fuente de innovación y desarrollo técnico. Palley muestra, sin embargo, que este tipo de gasto es también ineficiente como motor de la política científica e industrial. Basar la innovación en el desarrollo de armamentos, lógicamente da lugar a que sus resultados deriven en aplicaciones y usos igualmente militarizados, al menos, durante mucho tiempo. El gasto militar, dice Palley, produce militarismo.

d) Los gastos en defensa son un bien público y debe producirlos el gobierno (Un bien público es aquel cuyo consumo por parte de un sujeto no permite excluir el de otro, de modo que no puede rentabilizarse a través de intercambio de mercado, puesto que nadie pagaría un precio por él, sabiendo que no se le puede excluir del consumo si no paga). Y, además, porque se supone que el Estado es quien debe poseer el monopolio de la violencia. Esto hace que al gasto militar le afecte el mismo tipo de «patologías político-económicas» que pueden afectar a la actividad gubernamental (burocracia, errores de decisión, corrupción…)

e) El sector militar funciona como un monopolio bilateral. El gobierno es el único cliente y los vendedores suelen serlo también porque la producción está muy especializada y concentrada. Por tanto, los precios no serán los eficientes de competencia, sino resultado de las estrategias y la negociación. Economistas de la llamada Escuela de Chicago, la fuente del neoliberalismo académico contemporáneo, demostraron que esta relación lleva a la llamada «captura del gobierno» por parte de las empresas privadas, lo que da lugar a soluciones no óptimas sino ineficientes y contraproducentes. Los vendedores de armamento pueden llegar a tener el control efectivo (legal o ilegalmente) sobre el comprador (el ministerio de Defensa) y sobre los políticos que toman las decisiones sobre el presupuesto. Dice Palley: a los almirantes y generales les gustan las grandes fuerzas armadas, lo que les puede llevar a confabularse con los proveedores militares privados para obtener mayores presupuestos, tergiversando lo que se necesita ante los políticos y el público.

f) El sector militar industrial también puede considerarse como un sistema de planificación. Dice Palley que hacer la guerra requiere planificación en forma de acumulación de recursos militares efectivos, porque los sistemas utilizados por el ejército son complejos y costosos, y requieren un capital significativo.

Sin embargo, Palley sostiene que se trata de un sistema de planificación desarticulado, que ha descarrilado al no haberse tenido en cuenta las advertencias de Eisenhower y no implementar los controles sociopolíticos necesarios.

Después de hacer estas consideraciones a partir del análisis económico convencional, Palley se centra en considerar que el gasto militar es el resultado siempre de una decisión política y analiza que, sin embargo, la posición de los actores involucrados (burócratas del gobierno, militares, vendedores y público o votantes) no están en situación de simetría. Palley sostiene, por tanto, que, para entender el funcionamiento del sector, hace falta un enfoque de economía política.

El objetivo final del sector militar industrial es aumentar la demanda de servicios de guerra y la forma de conseguirlo es la política de captura del gobierno y las alianzas con los decisores políticos, a través de pagos opacos, puertas giratorias, empleando a generadores de opinión, utilizando los medios de comunicación, financiando estudios favorables y equipos de pensamiento, promoviendo la cultura del militarismo, y, en suma, estableciendo como dominantes las narrativas sobre seguridad nacional y geopolítica que llevan a demandar cada vez más gasto militar (guerra contra el terrorismo, choque de civilizaciones…).

Más adelante, Palley analiza una cuestión interesante: se puede conseguir que aumente la demanda de gasto militar si se reduce su coste.

Señala que uno de los medios para conseguirlo es cambiar el tipo de guerra y, en concreto, hacerla «por poderes» o fuera del propio territorio. Es decir, que un país (básicamente Estados Unidos) logre que otros hagan la guerra por él; se apropia de las ganancias económicas que genera sin sufrir los costes. Es lo que típicamente está ocurriendo ahora en Ucrania y antes en otros muchos lugares. O, por otro lado, promoviendo el uso de armas de forma permanente, pero con menor intensidad, para que, en lugar de detener los conflictos, se hagan duraderos y numerosos, aunque con consecuencias a veces imprevistas o no deseadas. Y otro ejemplo algo más singular para lograr que se tenga una percepción de un coste más bajo de la guerra es, simplemente, ocultándolo: Estados Unidos prohibió en 1991 que los medios de comunicación informen de la llegada de soldados muertos en el campo de batalla.

La última parte del artículo de Palley se dedica a presentar al sector militar industrial como una variedad de capitalismo, entendido como una forma de organización institucional de tres lados (el ejército y su burocracia, la industria militar y el sector público) que amenaza la democracia. En él se incluyen, además, diversos complejos: el estrictamente militar, el industrial, el financiero, el de las grandes petroleras y el tecnológico. y a los que, en mi opinión, se podría añadir el mediático. Es, por tanto, un complejo de complejos, o complejo de diversas industrias de creación política. Esto último quiere decir que la política no está ajena a la economía del sector militar industrial, sino que está dentro de él y que sus decisiones económicas están informadas políticamente.

Y señala Palley que una característica esencial de este sector es que resulta inconsistente con la teoría económica dominante y, en particular, con la idea de mercados competitivos que proporcionan soluciones de máxima eficiencia.

Además, este sector no es uno más, sino que ha llegado a dominar al conjunto de la economía por su impacto, porque afecta decisivamente al patrón y a la tasa de crecimiento, a la dirección del desarrollo tecnológico, porque afecta y desplaza a las actividades del sector civil sobre las que actúa el gasto del gobierno, distorsionando, por tanto, la acción de este último y, finalmente, porque incita al militarismo y a la guerra. En algunos casos, cuando implica la producción y uso de armas nucleares, amenaza la existencia de la propia humanidad.

Utiliza Palley una analogía con los ordenadores para explicar el lugar que ocupa el sector militar industrial en el capitalismo contemporáneo. En su opinión, constituye el hardware, mientras que las diferentes modalidades ideológicas desde las que se utiliza serían el software.

Palley señala que no hay que vincularlo sólo con el «neoliberalismo idealizado» que rechaza el gobierno y recela del aumento del gasto público que requiere el sector, sino con el «neoliberalismo del mundo real». Este, dice, es un programa político corporativo que «tiene como objetivo debilitar a los trabajadores, aumentar el poder de las empresas y aumentar la participación en las ganancias a expensas de los salarios» y esto es algo que busca y alimenta el sector militar industrial. Y el auge del militarismo global ha sido también coherente con el aumento del comercio, de la inversión extranjera real, los intercambios transfronterizos, las inversiones de cartera financiera y préstamos financieros, la deslocalización y subcontratación extranjera de producción y el establecimiento de largas cadenas de suministro internacionales.

Finalmente, Palley advierte de la influencia que la creciente militarización de las economías tiene sobre la aparición de lo que llama el «protofascismo» de nuestros días. Tanto por el incremento de los valores autoritarios, de vigilancia y control que lleva consigo, como por la creación de grupos sociales desposeídos por las políticas neoliberales que impulsa.

Thomas Palley resumiendo: «El complejo militar industrial tiene un impacto enorme en la economía y la política. Tuerce la composición de actividad hacia el gasto militar; distorsiona el carácter del progreso técnico, tiene un corrosivo efecto social a través de su captura de la política y el gobierno; distorsiona la comprensión de la sociedad sobre geopolítica y seguridad nacional como parte de la creciente demanda de servicios de guerra; promueve militarismo y aumenta la probabilidad de guerras; y promueve la deriva protofascista.



Juan Torres López  es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla || 

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